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EL ASESINATO DE ROGER ACKROYD
Literatura, Novelas, Suspenso

CAPÍTULO I

El Doctor Sheppard A La Hora Del Desayuno

Mrs. Ferrars murió la noche del 16 al 17 de septiembre, un jueves. Me enviaron a buscar a las ocho de la mañana del viernes 17. Mi presencia no sirvió de nada. Hacía horas que había muerto.

Regresé a mi casa unos minutos después de las nueve. Entré y me entretuve adrede en el vestíbulo, colgando mi sombrero y el abrigo ligero que me había puesto como precaución por el fresco de las primeras horas de un día otoñal.

En honor la verdad, diré que estaba muy inquieto y preocupado. No voy a pretender que previ entonces los acontecimientos de las semanas siguientes, pero mi instinto me avisaba de la proximidad de tiempos llenos de sobresaltos y sinsabores.

Del comedor, situado a la izquierda, llegó a mis oídos un leve ruido de tazas y platos, acompañado de la tos seca de mi hermana Caroline.

—¿Eres tú, James? —preguntó.

Pregunta vana, ¿quién iba a ser? Para ser franco, mi hermana Caroline era precisamente la que motivaba mi demora. El lema de la familia mangosta, según Rudyard Kipling, es: «Ve y entérate». Si Caroline necesitase algún día un escudo nobiliario, le sugeriría la idea de representar en él una mangosta rampante. Además, podría suprimir la primera parte del lema. Caroline lo descubre todo permaneciendo tranquilamente sentada en casa. ¡No sé cómo se las apaña, pero así es! Sospecho que las criadas y los proveedores constituyen su propio servicio de información. Cuando sale, no es con el fin de ir en busca de noticias, sino de divulgarlas. En este terreno también se muestra asombrosamente experta.

Esta última característica suya era lo que me hacía vacilar. Fuese lo que fuese lo que yo contara a Caroline sobre la muerte de Mrs. Ferrars, lo sabría todo el mundo en el pueblo al cabo de hora y media. Mi profesión exige discreción y, en consecuencia, acostumbro a esconderle a mi hermana cuantas noticias puedo. Generalmente logra enterarse a pesar de mis esfuerzos, pero tengo la satisfacción moral de saber que estoy al abrigo de toda posible reconvención.

El esposo de Mrs. Ferrars murió hace un año y Caroline no ha dejado de asegurar, sin tener la menor base en que fundarse, que su mujer le envenenó.

Desprecia mi invariable afirmación de que Mr. Ferrars murió de gastritis aguda, ayudada por su excesiva afición a las bebidas alcohólicas. Convengo en que los síntomas de gastritis y de envenenamiento por arsénico tienen puntos de similitud, pero Caroline basa su acusación en motivos muy distintos.

«¡Basta con mirarla!», oí que decía una vez.

Aunque algo madura, Mrs. Ferrars era una mujer muy atractiva y sus sencillos vestidos le sentaban muy bien. Sin embargo, muchísimas mujeres que compran sus vestidos en París no por eso han envenenado a sus maridos.

Mientras vacilaba en el vestíbulo, pensando vagamente en todas esa cosas, la voz de Caroline sonó de nuevo, algo más aguda:

—¿Qué demonios haces ahí. James? ¿Por qué no vienes a desayunar?

—¡Ya voy, querida! —contesté apresuradamente—. Estoy colgando el abrigo.

—¡Has tenido tiempo de colgar una docena!

Tenía razón, muchísima razón. Entré en el comedor, di a Caroline el acostumbrado beso en la mejilla y me senté ante un plato de huevos fritos con beicon.

El beicon estaba frío.

—Te han llamado muy temprano —observó Caroline.

—Sí. De Kings Paddock. Mrs. Ferrars.

—Lo sé.

—¿Cómo lo sabes?

—Annie me lo ha dicho.

Annie es la doncella; buena chica, pero una charlatana incorregible.

Hubo una pausa. Continué comiendo los huevos con beicon. La nariz de mi hermana, que es larga y delgada, se estremecía levemente por la punta como ocurre siempre que algo le interesa o excita.

—¿Y bien?

—Mal asunto. Nada que hacer. Debió de morir mientras dormía.

—Lo sé —repitió mi hermana.

Esta vez me sentí contrariado.

—No puedes saberlo. Ni yo lo sabía antes de llegar allí y no se lo he contado todavía a nadie. Si Annie está enterada, debe de ser clarividente.

—No me lo ha dicho Annie, sino el lechero. Se lo ha explicado la cocinera de los Ferrars.

Ya he dicho antes que no es preciso que Caroline salga a recoger información.

Permanece sentada en casa y las noticias vienen a ella.

—¿De qué ha muerto? ¿De un ataque cardíaco?

—¿Acaso no te lo ha dicho el lechero? —repliqué sarcásticamente.

Los sarcasmos le resbalan a Caroline. Se los toma en serio y contesta como si tal cosa.

—No lo sabía.

Como tarde o temprano Caroline acabaría por enterarse, tanto daba que se lo dijera.

—Ha muerto por haber ingerido una dosis excesiva de veronal. Lo tomaba últimamente para combatir el insomnio. Debió de pasarse con la dosis.

—¡Qué tontería! —dijo Caroline de inmediato—. Lo hizo adrede. ¡A mí no me engañas!

Cuando se tiene un pensamiento secreto, resulta extraño admitir que no se quiere confesar. El hecho de que otra persona lo exprese nos impulsa a negarlo con toda vehemencia.

—¡Ya vuelves a las andadas! Dices cualquier cosa sin ton ni son. ¿Por qué había de suicidarse? Viuda, joven todavía, rica y con buena salud, no tenía otra cosa que hacer sino disfrutar de la vida. ¡Lo que dices es absurdo!

—Nada de eso. Tú también tuviste que fijarte en el cambio que había sufrido estos últimos meses. Parecía atormentada, y acabas de admitir que no podía conciliar el sueño.

—¿Cuál es tu diagnóstico? —pregunté fríamente—. ¿Un amor desgraciado?

—Remordimientos —afirmó con brío.

¿Remordimientos?

—Sí. Nunca quisiste creerme cuando te decía que había envenenado a su marido. Ahora estoy más convencida que nunca.

—No te muestras muy lógica. Seguro que, cuando una mujer llega hasta el extremo de cometer un asesinato, tiene la suficiente sangre fría como para disfrutar de su crimen sin dejarse dominar por el débil sentimentalismo que suponen los remordimientos.

Caroline meneó la cabeza.

—Probablemente hay mujeres como las que tú dices, pero Mrs. Ferrars no era una de ellas. Era un manojo de nervios. Un impulso imposible de dominar la llevó a desembarazarse de su marido, porque era de esas personas incapaces de soportar el más mínimo sufrimiento y no cabe duda de que la esposa de un hombre como Ashley Ferrars debió de sufrir mucho.

Asentí.

—Desde entonces vivió acosada por el recuerdo de lo que hizo. Me compadezco de ella aunque no quiera.

Creo que Caroline no sintió nunca compasión por Mrs. Ferrars mientras vivía, pero ahora que se había ido (quizás allí donde no se llevan vestidos de París), estaba dispuesta a permitirse las suaves emociones de la piedad y de la comprensión.

Le dije con firmeza que su teoría era una solemne tontería. Me mostré muy firme aunque, en mi fuero interno, estaba de acuerdo en buena parte con lo que ella había dicho. Pero no podía admitir que Caroline hubiera llegado hasta la verdad, por el sencillo método de adivinarla. No iba a alentarla. Recorrería el pueblo divulgando sus opiniones y todos pensarían que lo hacía basándose en datos médicos que yo le había proporcionado. La vida es agotadora.

—¡Tonterías! —dijo Caroline en respuesta a mis críticas—. Ya verás. Apuesto diez contra uno a que ha dejado una carta confesándolo todo.

—No dejó ninguna carta —repliqué tajante sin tener muy claro las consecuencias de admitirlo.

—¡Ah! —exclamó Caroline—. De modo que sí has preguntado si había una carta, ¿verdad? Creo, James, que para tus adentros piensas como yo. Eres un hipócrita.

—Siempre hay que tener en cuenta la posibilidad de suicidio —señalé.

—¿Habrá encuesta judicial?

—Tal vez. Todo depende de mi informe. Si estoy plenamente convencido de que tomó la sobredosis por accidente quizá no la haya.

—¿Lo estás? —preguntó mi hermana con astucia.

No contesté y me levanté de la mesa.



CAPÍTULO II

Quién Es Quién En King's Abbot

Antes de continuar relatando mis conversaciones con Caroline, quizá sea conveniente dar una idea de nuestra geografía local. Nuestro pueblo, King's Abbot, supongo que es muy parecido a cualquier otro. La ciudad más cercana es Cranchester, situada a nueve millas de distancia. Tenemos una estación de ferrocarril grande, una oficina de correos pequeña y dos tiendas competidoras que venden toda clase de productos. Los hombres aptos acostumbran a dejar la localidad en la juventud, pero somos ricos en mujeres solteras y oficiales retirados. Nuestros pasatiempos y aficiones se resumen en una sola palabra: cotilleo.

Sólo hay dos casas de cierta importancia en King's Abbot. Una es King's Paddock, dejada en herencia a Mrs. Ferrars por su difunto esposo, y la otra, Fernly Park, propiedad de Roger Ackroyd, personaje éste que me ha interesado mucho por ser el paradigma del gentilhombre rural. Me recuerda a uno de aquellos deportistas de rostro enrojecido que aparecían siempre en el primer acto de las viejas comedias musicales, cuyo decorado representaba la plaza del pueblo. Por lo general, cantaban una canción sobre algo de ir a Londres. Hoy en día tenemos revistas y el caballero rural ha pasado de moda.

Desde luego, Ackroyd no es en realidad un gentilhombre rural. Es un fabricante, muy rico (creo), de ruedas de vagones. Tiene alrededor de cincuenta años, un rostro rubicundo y es de carácter jovial. Es íntimo amigo del vicario, contribuye con generosidad a los fondos de la parroquia —aunque el rumor diga que es extremadamente ruin cuando se trata de gastos personales—, fomenta los partidos de críquet, los clubes de juventud y los institutos para soldados mutilados. Es, en una palabra, la vida y el alma de nuestro apacible pueblo de King's Abbot.

Cuando Roger Ackroyd era un mozo de veintiún años, se enamoró y casó con una hermosa mujer que tenía cinco o seis años más que él. Se apellidaba Patón y era viuda con un hijo. La historia de su unión fue corta y penosa. Para hablar claro, Mrs. Ackroyd era una dipsómana. Logró matarse a fuerza de beber, cuatro años después de la boda.

En los años que siguieron, Ackroyd no se mostró inclinado a arriesgarse a una segunda aventura matrimonial. El hijo del primer marido de su mujer tenía siete años cuando su madre murió. Cuenta ahora veinticinco. Ackroyd le ha considerado siempre como su propio hijo y le ha educado en consecuencia, pero ha sido un muchacho alocado y una fuente de disgustos y sinsabores para su padrastro. Sin embargo, todos en King's Abbot quieren a Ralph Patón. Todos coinciden en que es un buen tipo.

Tal como he dicho más arriba, en este pueblo siempre estamos dispuestos a chismorrear. Todos notaron desde el principio que Ackroyd y Mrs. Ferrars eran muy buenos amigos. Después de la muerte del esposo, la intimidad se acentuó. Se les veía siempre juntos y se hablaba de que, al acabar su luto, Mrs. Ferrars se transformaría en la esposa de Ackroyd. Se consideraba, por cierto, que había una cierta lógica en el asunto.

La esposa de Ackroyd había muerto a consecuencia de sus excesos con la bebida y Ashley Ferrars fue un borracho durante muchos años antes de su muerte. Era natural que las víctimas de los excesos alcohólicos se consolaran mutuamente de lo que habían sufrido a manos de sus anteriores cónyuges.

Hacía un año a lo sumo que los Ferrars habían llegado al pueblo, pero Ackroyd había sido la comidilla de los habitantes de King's Abbot durante años enteros. Mientras Ralph Patón crecía, una serie de amas de llaves gobernaron la casa de Ackroyd y cada una de ellas fue estudiada con recelo y con curiosidad por Caroline y sus amigas. No creo exagerado decir que, durante quince años por lo menos, el pueblo esperó confiado que Ackroyd se casara con una de sus amas de llaves. La última, una señora temible llamada miss Russell, reinó durante cinco años, el doble que sus predecesoras. Se creía que, a no ser por la llegada de Mrs. Ferrars, Ackroyd no se le hubiera escapado.

Influyó también otro factor: la llegada inesperada de una cuñada de Roger, procedente del Canadá, con una hija. Se trataba de la viuda de Cecil Ackroyd — hermano pequeño de Roger y un inútil— que se instaló en Fernly Park y ha logrado, según dice Caroline, poner a miss Russell en su sitio.

No sé a ciencia cierta lo que querrá decir «en su sitio»; suena a algo frío y desagradable, pero he comprobado que miss Russell va y viene con los labios apretados y lo que califico de «sonrisa acida». Profesa la mayor simpatía por la «pobre Mrs. Ackroyd, que depende de la caridad del hermano de su marido. ¡El pan de la caridad es tan amargo! ¿Verdad? Yo me sentiría muy desgraciada si no me ganara la vida trabajando».

No sé lo que la viuda de Cecil Ackroyd pensaría del asunto de su cuñado con la viuda Ferrars. Sin duda era ventajoso para ella que Roger permaneciera viudo, pero se mostraba amabilísima —incluso efusiva— con Mrs. Ferrars cuando la veía. Caroline dice que eso no prueba absolutamente nada.

Tales han sido nuestras preocupaciones en King's Abbot durante los últimos años. Hemos discutido de Ackroyd y sus asuntos desde todos los puntos de vista. Mrs. Ferrars ha ocupado su lugar en el esquema.

Ahora se ha producido un cambio en el panorama. De la amable discusión sobre los probables regalos de boda, hemos pasado a las sombras de la tragedia.

Mientras pensaba en todas esas cosas, hice maquinalmente mi ronda de visitas. No tenía ningún caso especial que atender y tal vez fui afortunado con eso, pues mi pensamiento volvía una y otra vez a la muerte misteriosa de Mrs. Ferrars. ¿Se habría suicidado? Si lo había hecho, lo más seguro era que hubiese dejado alguna nota sobre el paso que iba a dar. Se por experiencia que las mujeres que deciden suicidarse desean, por regla general, revelar el estado de ánimo que las lleva a cometer ese acto fatal.

¿Cuándo la había visto por última vez? Apenas hacía una semana. Su actitud había sido entonces completamente normal.

Recordé de pronto que la había visto la víspera, aunque sin hablarnos. Estaba paseando con Ralph Patón, lo cual me sorprendió, pues ignoraba que el muchacho se encontrara en King's Abbot. Creía que había reñido definitivamente con su padrastro y, en los últimos seis meses, no había estado en el pueblo. Estaba paseando con Mrs. Ferrars, con las cabezas muy juntas, y ella hablaba con mucha ansiedad.

Creo poder decir con toda sinceridad que entonces fue cuando el presagio surgió en mi mente. No era todavía nada tangible, sino una simple corazonada. Aquel vehemente tête-á-tête entre Ralph Patón y Mrs. Ferrars me causó una impresión desagradable.

Continuaba pensando en ello cuando me encontré frente a frente con Roger Ackroyd.

—¡Sheppard! —exclamó—. Usted es el hombre que buscaba. ¡Qué tragedia tan horrible!

—¿Está usted enterado?

Asintió. Me di cuenta de que el golpe había sido muy duro para él. Los rojos mofletes parecían hundidos y no era más que la sombra del hombre jovial y rebosante de salud que conocía.

—El asunto es peor de lo que supone —dijo en voz baja—. Oiga, Sheppard, necesito hablarle. ¿Puede acompañarme a casa ahora?

—Difícilmente. Tengo que visitar a tres enfermos y he de estar en mi casa a las doce para atender el consultorio.

—Dejémoslo para esta tarde. O mejor aún: venga a cenar esta noche, a las siete y media. ¿De acuerdo?

—Sí, eso me va mucho mejor. ¿Qué ocurre? ¿Se trata de Ralph?

No sé qué fue lo que me impulsó a decir eso, excepto, quizá, que casi siempre había sido Ralph.

Ackroyd me miró como si no me hubiera comprendido. Me di cuenta de que ocurría algo muy grave. Nunca, hasta entonces, había visto a Ackroyd tan trastornado.

—¿Ralph? —repitió vagamente—. No, no se trata de él. Ralph está en Londres. ¡Maldita sea! Aquí llega la vieja miss Gannett. No quiero hablar con ella de este terrible asunto. Hasta luego, Sheppard. A las siete y media.

Asentí y él se marchó deprisa. Me quedé pensativo. ¿Ralph en Londres? Pero si estaba en King's Abbot la tarde anterior. Debió de volver a la ciudad por la noche o a primera hora de la mañana y, sin embargo, de la actitud de Ackroyd se infería algo muy distinto. Había hablado como si Ralph no se hubiera acercado al pueblo durante varios meses.

No tuve tiempo de meditar el asunto. Miss Gannett me acorraló, sedienta de información. Esta señorita tiene todas las características de mi hermana Caroline, pero carece de su ojo certero para llegar a las conclusiones que son el toque genial de las deducciones de Caroline. Miss Gannett estaba sin aliento y se mostraba inquisitiva.

¿No era una pena lo ocurrido a la pobre Mrs. Ferrars? Mucha gente anda diciendo que hacía años que se había aficionado a las drogas. ¡Parece mentira lo que la gente llega a inventar y, sin embargo, lo peor es que, en general, hay algo de verdad en esas descabelladas afirmaciones! ¡Cuando el río suena! También dicen que Mr. Ackroyd lo descubrió y rompió el compromiso, porque había un compromiso. Ella, miss Gannett, tenía pruebas. Desde luego, yo debía saberlo todo —los médicos siempre lo saben todo —, pero se lo callan.

Me espetó todo eso con su mirada de águila para ver cómo reaccionaba ante sus sugerencias. Afortunadamente, la vida en común con Caroline me ha enseñado a mantener mis facciones en la mayor impasibilidad y a contestar con breves frases que no me comprometan.

En la presente ocasión, felicité a miss Gannett por no formar parte del grupo de calumniadores y de chismosos. Un buen contraataque, pensé. La puso en dificultades y me marché antes de que pudiera rehacerse.

Regresé a casa pensativo. Varios pacientes me esperaban en la consulta.

Acababa de despedir al último y pensaba descansar unos minutos en el jardín antes del almuerzo, cuando vi que me esperaba otra paciente. Se levantó y se acercó a mí mientras yo permanecía de pie un tanto sorprendido. No sé el porqué, a no ser por esa imagen férrea que transmite miss Russell, algo que está por encima de las enfermedades de la carne.

El ama de llaves de Ackroyd es una mujer alta, hermosa, pero con un aire que impone respeto. Tiene una mirada y una boca severa. Tengo la impresión de que si yo fuera una camarera o una cocinera, echaría a correr al verla acercarse.

—Buenos días, doctor Sheppard. Le agradecería que echara una mirada a mi rodilla.

La reconocí, pero, a decir verdad, no le encontré nada de particular. La historia de miss Russell, sobre unos vagos dolores, resultaba tan poco convincente que, de haberse tratado de cualquier otra persona con menos integridad de carácter, hubiera sospechado que intentaba engañarme. Se me ocurrió la idea de que miss Russell hubiera inventado deliberadamente la afección de la rodilla para sonsacarme respecto a la muerte de Mrs. Ferrars, pero no tardé en darme cuenta de que me equivocaba. No hizo más que una breve alusión a la tragedia. Sin embargo, parecía dispuesta a entretenerse y a charlar.

—Gracias por esta botella de linimento, doctor —dijo finalmente—, aunque no creo que me alivie mucho.

Tampoco yo lo creía, pero protesté como era mi deber profesional. Después de todo no podía causarle daño y hay que dar la cara por las herramientas de nuestra profesión.

—No creo en todas esas drogas —dijo miss Russell, con una mirada despreciativa a mi surtido de frascos—. Las drogas suelen hacer mucho daño. Fíjese usted en los cocainómanos.

—¡Oh! Ésos casos... —comencé, pero ella no me dejó seguir.

—...son muy frecuentes en la alta sociedad.

Estoy convencido de que miss Russell sabe mucho más de la alta sociedad que yo. No traté de discutir con ella.

—Sólo quiero que me diga una cosa, doctor. ¿Puede curarse un verdadero adicto a las drogas?

No es posible contestar a una pregunta de esa naturaleza a la ligera. Le hice un somero resumen sobre el asunto, que ella escuchó con atención. Yo continuaba sospechando que buscaba información sobre Mrs. Ferrars.

—El veronal, por ejemplo... —empecé.

Pero, cosa extraña, no parecía interesada en el veronal. Cambió de tema y me preguntó si era cierto que algunos venenos no dejaban la menor huella.

—¡Vaya! ¡Ha estado usted leyendo historias de detectives!

Me confesó que sí.

—La esencia de una historia de detectives —proseguí—, es la existencia de un veneno raro, algo que viene de América del Sur y que nadie conoce, algo que una tribu de salvajes emplea para envenenar sus flechas. La muerte es instantánea y la ciencia occidental resulta impotente para descubrirlo. ¿A eso se refiere?

—Sí. ¿Pero existe en realidad?

Meneé la cabeza, apenado.

—Me temo que no. Está el curare, desde luego.

Le hablé largo rato del curare, pero daba la sensación de haber perdido interés por el tema. Me preguntó si tenía ese veneno entre mis drogas y, al contestarle negativamente, me parece que decaí en su estimación.

Me dijo que debía marcharse y la acompañé hasta la puerta del consultorio en el momento que sonaba el batintín del almuerzo. Nunca hubiese sospechado que miss Russell fuese aficionada a las historias de detectives. Me divertía muchísimo pensar que salía de su cuarto para regañar a una criada delincuente, para después volver a la lectura del «Misterio de la séptima muerte» o algo por el estilo.



CAPÍTULO III

El Hombre Que Cultivaba Calabacines

Dije a Caroline, mientras almorzábamos, que cenaría en Fernly Park. No objetó nada. Muy al contrario.

—¡Magnífico! —exclamó—. Te enterarás de todo. A propósito, ¿qué pasa con Ralph?

—¿Con Ralph? —dije sorprendido—. ¡Nada!

—Entonces, ¿por qué se aloja en el Three Boars y no en Fernly Park?

No dudé un minuto de que la afirmación de Caroline fuera verídica. Ralph Patón debía de hospedarse en la posada del pueblo. Me bastaba con que ella lo dijera.

—Ackroyd me ha dicho que estaba en Londres. —Cogido por sorpresa, olvidé mi prudente norma de no dar nunca la menor información.

—¡Oh! —dijo Caroline. Vi cómo su nariz se arrugaba mientras rumiaba estas palabras—. Llegó al Three Boars ayer por la mañana. Continúa allí y anoche se le vio en compañía de una muchacha.

Esto no me causó la menor sorpresa. Ralph pasa, a mi entender, casi todo su tiempo con una muchacha u otra, pero me extrañó que escogiera King's Abbot, en vez de la alegre metrópoli, para entregarse a ese gozoso pasatiempo.

—¿Con una de las camareras?

—No, eso es lo más interesante. Salió para encontrarse con ella. No sé quién era.

¡Cuan amargo para Caroline tener que confesar semejante cosa!

—Pero lo adivino —continuó mi infatigable hermana.

Esperé pacientemente a que se explicara.

—Su prima.

—¿Flora Ackroyd? —exclamé sorprendido.

Flora Ackroyd no es, desde luego, pariente ni de cerca ni de lejos de Ralph Patón, pero se ha considerado durante tantos años a Ralph como hijo de Ackroyd, que el parentesco se impone por sí solo.

—Flora Ackroyd —asintió mi hermana.

—¿Por qué no fue a Fernly Park si deseaba verla?

—Noviazgo secreto —dijo Caroline con fruición—. El viejo Ackroyd no quiere saber nada de eso y tienen que verse a escondidas.

Veía yo muchos puntos oscuros en la teoría de Caroline, pero me abstuve de indicárselos. Una inocente observación respecto a nuestro nuevo vecino cambió el curso de la conversación.

La casa contigua a la nuestra, The Larches, ha sido alquilada últimamente por un forastero. Con gran contrariedad de Caroline, no ha podido enterarse de nada que le concierna, aparte del hecho de que se trata de un extranjero. Sus «confidentes» han fracasado en toda la línea.

Es de presumir que el buen hombre compra leche, legumbres, carne y pescado, como todo el mundo, pero ninguno de los proveedores da la sensación de saber lo más mínimo respecto a él. Al parecer, se llama Porrott, un nombre que transmite una extraña sensación de irrealidad. Lo único que sabemos es su interés por el cultivo de calabacines. Pero esto no es, desde luego, lo que Caroline desea conocer. Quiere saber de dónde viene, qué hace, si está casado, lo que su mujer era o todavía es, si tiene hijos, cuál era el nombre de soltera de su madre. Nunca puedo dejar de pensar que alguien como Caroline debió de inventar los formularios de los pasaportes.

—Mi querida Caroline, no me cabe duda, en cuanto a la profesión de ese hombre. Es un peluquero retirado de los negocios. No tienes más que mirarle el bigote.

Caroline no opinaba como yo. Insistió en que, si el hombre fuese peluquero, tendría el cabello ondulado en vez de lacio. Todos los peluqueros lo tienen así.

Cité algunos peluqueros a los que conozco personalmente y que llevan el cabello liso, pero Caroline rehusó dejarse convencer.

—No sé cómo clasificarle —me dijo agraviada—. Le pedí prestadas unas herramientas el otro día y se mostró muy cortés, pero no pude sonsacarle nada. Le pregunté bruscamente si era francés y me contestó que no. Después de eso no me atreví a preguntarle nada más.

Empecé a sentir mayor interés por nuestro misterioso vecino. Un hombre capaz de enmudecer a Caroline y de dejarla con las manos vacías, como una nueva reina de Saba, tenía que ser una personalidad.

—Creo —comentó Caroline— que posee uno de esos modernos aparatos aspiradores de polvo.

Percibí la insinuación de un regalo y vi en sus ojos el brillo de la oportunidad de hacer más preguntas. Aproveché para escaparme al jardín. Me gusta la jardinería. Estaba muy atareado exterminando raíces de dientes de león cuando sonó muy cerca un grito de aviso. Un objeto pesado pasó silbando junto a mi oreja y cayó a mis pies, donde se aplastó con un ruido repugnante. Era un calabacín.

Miré hacia arriba con enojo. Por encima de la tapia, a mi izquierda, surgió un rostro humano. Pertenecía a una cabeza semejante a un huevo, parcialmente cubierta de cabellos de un negro sospechoso y en la cual destacaban un mostacho enorme y un par de ojillos despiertos. Se trataba de nuestro misterioso vecino Mr. Porrott.

Él se apresuró a disculparse.

—Le pido mil perdones, monsieur. ¡No tengo excusa! Durante varios meses he cultivado calabacines. Esta mañana, de pronto, me he encolerizado con ellos y los he mandado a paseo, no sólo mental, sino también físicamente. Et voilá! Cojo el mayor y lo echo por encima de la tapia. ¡Monsieur, estoy avergonzado y me pongo a sus pies!

Ante tan profusas disculpas, mi cólera se disipó, como era natural. Después de

todo, el dichoso calabacín no me había tocado. Pero esperaba que nuestro nuevo amigo no tuviese por costumbre arrojar cucurbitáceas de ese tamaño por encima de los muros. Semejante hábito le haría indeseable como vecino.

El extraño personaje pareció leer en mi pensamiento.

—¡Ah, no! —exclamó—. No se inquiete usted. No es mi costumbre dejarme llevar por estos excesos. ¿Pero cree usted posible, monsieur, que un hombre trabaje y sude para lograr cierta clase de bienestar y una vida conforme a sus ambiciones para descubrir que, después de todo, echa de menos los días de trabajo ingrato y la antigua tarea que creyó que le hacía tan feliz dejar?

—Sí —dije lentamente—. Creo que eso ocurre a menudo. Yo soy tal vez un ejemplo de ello. Hace un año que cobré una herencia, suficiente para permitirme la realización de mi sueño. Siempre deseé viajar, ver mundo. Pues bien, de eso hace un año, tal como le digo, y continúo aquí.

—Son las cadenas del hábito —afirmó mi vecino—. Trabajamos para alcanzar un objetivo y, una vez conseguido éste, descubrimos que lo que echamos de menos es el trabajo diario. Créame, monsieur, mi trabajo era interesante, el más interesante del mundo.

—¿Sí? —dije para animarle. Por un momento me sentí movido por la misma curiosidad que Caroline.

—¡El estudio de la naturaleza humana, monsieur!

—¡Ah, ah! —contesté amablemente.

No me cabía duda de que era peluquero jubilado. ¿Quién conoce mejor que un peluquero los secretos de la naturaleza humana?

—También tenía un amigo; un amigo que durante muchos años no se alejó de mi lado. A pesar de que algunas veces hacía gala de una imbecilidad que daba miedo, me era muy querido. Figúrese que echo de menos hasta su estupidez. Su naiveté, su honradez, el placer que disfrutaba sorprendiéndole con mis dotes superiores, todo eso lo echo de menos más de lo que puedo decirle.

—¿Murió? —pregunté con interés.

—No. Vive y prospera, pero al otro lado del mundo. Se encuentra actualmente en Argentina.

—¿En Argentina? —dije con envidia.

Siempre ha sido mi deseo ir a América del Sur. Levanté la vista y comprobé que Mr. Porrott me miraba con simpatía. Parecía un tipo comprensivo.

—¿Irá usted allí? —preguntó.

Sacudí la cabeza mientras suspiraba.

—Podía haber ido. Hace un año. Pero fui un loco y, peor que loco, ambicioso.

Arriesgué lo tangible por una sombra.

—Comprendo. ¿Especuló usted?

Asentí tristemente, pero, a pesar mío, me sentía secretamente satisfecho. Aquel hombre ridículo se mostraba tan solemne.

—¿No sería con los Petróleos Porcupine? —preguntó de pronto.

Le miré con asombro.

—Pensé en ellos, pero acabe optando por una mina de oro en Australia occidental.

Mi vecino me miraba con una extraña expresión que no lograba definir.

—Es el destino —dijo finalmente.

—¿A qué se refiere? —pregunté algo irritado.

—El destino es lo que hace que yo viva al lado de un hombre que toma en serio los Petróleos Porcupine y las minas de oro australianas. Dígame, ¿es usted aficionado también a las damas de cabello rojizo?

Le miré boquiabierto y se echó a reír.

—No tema usted, no estoy loco. Ha sido una pregunta tonta. Verá usted, el amigo de quien le he hablado era joven, creía que todas las mujeres eran buenas y, la mayoría, hermosas. Pero usted tiene ya cierta edad, es médico y conoce la locura y la vanidad de esta vida nuestra. Bueno, bueno, somos vecinos. Le ruego que acepte y presente a su distinguida hermana mi mejor calabacín.

Se inclinó y me alargó un enorme ejemplar de la tribu que acepté con el mismo espíritu con que me lo ofrecía.

—Vamos —dijo el hombre alegremente—. No he perdido la mañana. He trabado conocimiento con un hombre que se parece algo a mi lejano amigo. A propósito, querría hacerle una pregunta: sin duda conocerá a todos los habitantes de este pueblo. ¿Quién es el joven de cabellos y ojos negrísimos y hermoso rostro que anda con la cabeza echada hacia atrás y con una agradable sonrisa en los labios?

La descripción no dejaba lugar a dudas.

—Debe de tratarse del capitán Ralph Patón.

—No le había visto hasta ahora.

—Hace tiempo que no ha estado aquí, pero es hijo, o mejor dicho, hijo adoptivo de Mr. Ackroyd, de Fernly Park.

Mi vecino hizo un gesto de impaciencia.

—¡Podía haberlo adivinado! Mr. Ackroyd habla a menudo de él.

—¿Conoce usted a Ackroyd? —dije con cierta sorpresa.

—Conocí a Mr. Ackroyd en Londres, cuando estuve trabajando allí. Le he pedido que no hable de mi profesión en este pueblo.

—Comprendo —dije divertido por lo que taché de ridícula vanidad por su parte.

—Uno prefiere guardar el incógnito —continuó el tipo con una sonrisa afectada— . No me atrae la notoriedad y no he intentado siquiera corregir la versión local de mi nombre.

—¿De veras? —contesté algo desconcertado.

—El capitán Ralph Patón —musitó Porrott— ¿Es el prometido de la sobrina de Mr. Ackroyd, la encantadora miss Flora?

—¿Quién se lo ha dicho? —pregunté muy asombrado.

—Mr. Ackroyd, hace una semana. Está encantado. Hace tiempo que lo deseaba, según he podido comprender. Creo que incluso ha abusado imprudentemente de su influencia sobre el joven. Un muchacho debe casarse según su gusto, no para complacer a un padrastro de quien espera heredar.

Yo me encontraba presa de la mayor confusión. No comprendía que Ackroyd hiciera confidencias a un peluquero y discutiera con él la boda de su sobrina con su hijastro. Ackroyd se muestra lleno de bondad y deferencia con sus inferiores, pero tiene un alto sentido de la dignidad. Empecé a sospechar que Porrott no era peluquero.

Para ocultar mi confusión, dije lo primero que me pasó por la cabeza.

—¿Qué le hizo fijarse en Ralph Patón? ¿Su físico?

—No, aunque es muy guapo para tratarse de un inglés, lo que las escritoras llamarían un dios griego. Hay algo en ese joven que no comprendo.

Pronunció esta última frase con un tono que me causó una impresión indefinida. Era como si analizara al joven con ayuda de un conocimiento secreto que yo no compartía. Me quedé con esta impresión, porque en aquel instante mi hermana me llamó desde la casa.

Entré y vi a Caroline con el sombrero puesto. Acababa de regresar del pueblo. —He visto a Mr. Ackroyd —anunció sin preámbulo alguno.

—¿Sí?

—Le detuve, como es natural, pero tenía mucha prisa y parecía deseoso de escapar.

No dudé un momento de que así fuera. Actuaría con Caroline como yo hiciera horas antes con miss Gannett.

—Le pregunté de inmediato por Ralph. Se ha quedado asombrado. No tenía la menor idea de que el muchacho estuviese aquí. Llegó a decir que debía de estar equivocada. ¡Equivocarme yo!

—¡Eso es ridículo! ¡Tendría que conocerte mejor!

—Después me dijo que Ralph y Flora están comprometidos.

—Lo sabía —interrumpí con modesto orgullo.

—¿Quién te lo dijo?

—Nuestro nuevo vecino.

Caroline vaciló unos segundos, como la bola de una ruleta que baila con coquetería entre dos números. Entonces rechazó la tentación del cebo.

—Le dije a Mr. Ackroyd que Ralph se aloja en el Three Boars.

—Caroline, ¿no piensas nunca en que puedes hacer mucho daño con esta costumbre de repetirlo todo indiscriminadamente?

—¡Pamplinas! —replicó mi hermana—. Es preciso que la gente se entere.

Considero mi deber avisarles. Mr. Ackroyd se mostró muy agradecido.

—Sigue, sigue —añadí, consciente de que no había concluido.

—Creo que fue directamente al Three Boars, pero si lo hizo no encontró a Ralph.

—¿No?

—No, porque cuando yo regresaba por el bosque...

—¿Por el bosque?

Caroline tuvo la gracia de sonrojarse.

—¡El día era tan hermoso! Decidí dar un paseo. El bosque está precioso en esta época del año, con esos tintes otoñales.

A Caroline le importan un comino los bosques, sea la estación que sea. Naturalmente, los considera como lugares donde uno se moja los pies y donde toda especie de cosas desagradables pueden caerte sobre la cabeza. Era, sin duda, el instinto de la mangosta lo que la llevó a nuestro bosque local, que es el único lugar cercano al pueblo de King's Abbot donde se puede hablar con una muchacha sin que se enteren los

habitantes. Ese bosque es contiguo a Fernly Park.

—Continúa —le dije.

—Volvía, como te digo, por el bosque, cuando oí voces.

Caroline hizo una pausa.

—¿Sí?

—Una pertenecía a Ralph Patón, la reconocí de inmediato. La otra era de una muchacha. Naturalmente, no quería escuchar.

—¡Claro que no! —interrumpí con un sarcasmo que, sin embargo, se desperdició con Caroline.

—Pero era inevitable oírles. La chica le dijo algo que no comprendí y Ralph le contestó muy enfadado: « ¡Querida! ¿No comprendes que es muy probable que el viejo me deje sin un chelín? Se ha ido cansando de mí durante estos últimos años. Otro disgusto y la cosa estará fatal. ¡Necesitamos el dinero, mujer! Seré un hombre rico cuando el viejo muera. Es avaro, pero tiene la bolsa bien repleta. No tengo ganas de que cambie su testamento. Déjamelo a mí y no te preocupes.»

»Ésas fueron sus palabras textuales. Las recuerdo muy bien. Por desgracia, en aquel momento mi pie tropezó con una ramita seca. Bajaron la voz y se alejaron. No podía correr detrás de ellos, así que no vi quién era la chica.

—¡Que humillación! Supongo, sin embargo, que al sentirte indispuesta, te apresuraste a ir al Three Boars y pedir una copa de coñac en el bar, para ver si todas las camareras estaban de servicio.

—No era ninguna camarera —dijo Caroline sin vacilar—. Estoy casi segura de que se trataba de Flora Ackroyd, pero...

—¡Pero no parece lógico! —la interrumpí.

—Si no era Flora, ¿quién entonces?

Rápidamente, mi hermana enumeró una lista de muchachas solteras que viven en los alrededores, con muchos argumentos a favor y en contra.

Cuando se detuvo para tomar aliento, murmuré algo respecto a un paciente y me largué.

Pensé ir a los Three Boars, porque me parecía probable que a esa hora Ralph Patón estuviese allí. Conocía bien a Ralph, mejor tal vez que los demás habitantes de King's Abbot, pues había conocido antes a su madre y comprendía ciertas cosas que desconcertaban a los demás. Era, hasta cierto punto, víctima de una ley hereditaria. No heredó de su madre la propensión a la bebida, pero poseía ciertos rasgos de debilidad. Tal como mi nuevo amigo de la mañana había declarado, era extraordinariamente guapo, alto, bien proporcionado, dotado de la elegancia de movimientos del perfecto atleta, moreno como su madre, con un rostro de líneas correctas, tostado por el sol y casi siempre animado por una fácil sonrisa.

Ralph era uno de esos seres nacidos para ganarse la voluntad de los demás sin esfuerzo. Se daba a la buena vida, era extravagante, no respetaba nada en este mundo, pero, aun así, era encantador y sus amigos le eran devotos.

¿Podía yo acaso hacer algo por el muchacho? Me parecía que sí.

En el Three Boars me enteré de que el capitán acababa de regresar. Subí a su cuarto y entré sin hacerme anunciar.

Durante un momento, al recordar lo que había oído y visto, dudé sobre cómo me recibiría, pero sin razón.

—¡Hola! ¡Es usted, Sheppard! ¡Me alegro de verle! —Se acercó a mí con la mano tendida y el rostro radiante y sonriente—. La única persona que me alegro de ver en este pueblo infernal.

—¿Qué le ha hecho el pobre pueblo?

Ralph rió irritado.

—Es una larga historia. Las cosas no me van muy bien. ¿Quiere beber algo?

—Sí, gracias.

Pulsó el timbre. Después volvió a mi lado y se desplomó en una butaca.

—Para ser franco —dijo sombríamente—, estoy metido en un lío. Es más, no tengo la menor idea de lo que voy a hacer.

—¿Qué ocurre?

—Se trata de mi dichoso padrastro.

—¿Qué ha hecho?

—No es lo que haya hecho, sino lo que con seguridad está a punto de hacer

Un camarero se presentó en respuesta a la llamada y Ralph pidió las bebidas.

Cuando el hombre salió, se sentó de nuevo con el entrecejo fruncido.

—¿Se trata de algo verdaderamente serio?

Asintió.

—¡Esta vez estoy con el agua al cuello! —dijo muy sobrio.

La gravedad inusitada de su voz me dio a entender que decía la verdad. Ralph Patón no se ponía grave por una nimiedad.

—No veo cómo puedo salir del paso —continuó—. No lo veo.

—¡Si puedo ayudarle...! —sugerí.

Meneó la cabeza con decisión.

—Gracias, doctor, pero no puedo permitir que se enrede en esto. Es preciso que luche solo.

Guardó silencio un minuto y repitió con un leve cambio en la voz:

—¡Sí, es preciso que luche solo!



CAPÍTULO IV

Cena En Fernly Park

Faltaba unos minutos para las siete y media, cuando llamé a la puerta de Fernly Park. Parker, el mayordomo, la abrió con admirable prontitud.

La noche era tan agradable que había ido a pie. Entré en el gran vestíbulo y Parker se hizo cargo de mi abrigo. En aquel instante, un amable joven llamado Raymond, secretario de Ackroyd, cruzó el vestíbulo y se encaminó hacia el despacho con las manos llenas de papeles.

—¡Buenas noches, doctor! ¿Viene a cenar o se trata de una visita profesional?

Miró mi maletín negro, que había dejado en el arcón de roble.

Le expliqué que esperaba ser llamado de un momento a otro para atender un parto y que, en consecuencia, debía estar preparado. Raymond asintió y siguió su camino.

—Vaya al salón —añadió por encima del hombro—. Ya conoce usted el camino. Las señoras bajarán dentro de un minuto. Tengo que llevar estos papeles a Mr. Ackroyd y le diré que está usted aquí.

Parker se había retirado, de modo que me encontraba solo en el vestíbulo. Me arreglé la corbata ante un gran espejo que colgaba de la pared y me encaminé a la puerta del salón.

Cuando puse la mano en el pomo oí un ruido en el interior de la estancia, un ruido que me pareció el de una ventana que se cerraba. Lo anoté maquinalmente, sin concederle importancia en aquel momento.

Abrí la puerta y entré. Al hacerlo, tropecé con miss Russell que se disponía a salir. Ambos nos excusamos.

Por primera vez miré detenidamente al ama de llaves. ¡Qué hermosa debió de ser un día y cuánto lo era aún! El pelo oscuro no tenía canas y, cuando se arrebolaba, como ocurría ahora, su aspecto ganaba muchísimo.

De un modo inconsciente, me pregunté si habría salido, pues respiraba como si hubiera estado corriendo.

—Me parece que llego demasiado temprano.

—No creo, doctor. Ya son más de las siete y media. —Se detuvo un segundo antes de añadir—: Ignoraba que viniera a cenar. Mr. Ackroyd no me ha avisado.

Tuve la vaga impresión de que mi presencia la desagradaba, pero no encontré ninguna razón.

—¿Cómo va la rodilla?

—¡Sigue igual! ¡Gracias, doctor! Debo irme. Mrs. Ackroyd bajará en un instante.

Sólo estaba comprobando si a las flores les faltaba agua.

Salió rápidamente y yo me acerqué a la ventana, extrañado por su evidente deseo de justificar su presencia en el salón. Al hacerlo, me di cuenta de algo que, de haberlo reflexionado antes, hubiera recordado: que por los ventanales se accedía a la terraza. Pero el sonido que había oído antes no podía ser el de una ventana que se cerraba.

Para distraer mi pensamiento de tan desagradables preocupaciones, más que por cualquier otro motivo, empecé a tratar de adivinar la causa del ruido en cuestión.

¿Carbón echado al fuego? ¡No podía ser! ¿El cierre de un cajón? ¡Tampoco! De pronto mi mirada se posó en lo que llaman, según creo, una vitrina para la plata, un mueble con tapa de cristal que se levanta y que permite ver el contenido. Me acerqué para ver qué había dentro.

Contemplé dos o tres objetos de plata antigua, un zapatito de niño que perteneció al rey Carlos I, algunas figuras de jade chinas y varios objetos africanos. Levanté la tapa para coger una de las figuras de jade, pero se me resbaló de los dedos y cayó.

Reconocí de inmediato el sonido anterior. Era el de esta tapa al ser cerrada con suavidad. Levanté y bajé la tapa un par de veces para comprobarlo y, por último, observé más de cerca los objetos.

Estaba todavía inclinado sobre la vitrina cuando Flora Ackroyd entró en la habitación.

Serán muchas las personas que no quieran a Flora Ackroyd, pero nadie deja de admirarla. Con sus amigos sabe mostrarse encantadora. Lo primero que en ella llama la atención es su extraordinaria belleza. Tiene el cabello dorado claro de los escandinavos. Sus ojos son azules como las aguas de un fiordo noruego y su cutis es de crema y rosas. Tiene hombros cuadrados de adolescente y caderas estrechas. Para un médico cansado de la vida, es un verdadero tónico tropezar con una salud tan perfecta como la de Flora. Es, en una palabra, una muchacha inglesa, sencilla y franca. Tal vez estoy chapado a la antigua, pero creo que hay que buscar muy lejos para encontrar algo que supere a una joven como ella.

Flora se acercó hacia mí y expresó sus dudas sacrílegas en cuanto a que el rey Carlos I hubiese llevado el zapatito de la vitrina.

—De todos modos —continuó Flora—, eso de dar tanta importancia a algo porque alguien lo ha llevado me parece una tontería. La pluma que George Eliot usó para escribir  El  molino junto al Floss no es más que una pluma vulgar. Si a uno le interesa George Eliot, ¿por qué no comprar El molino junto al Floss en una edición barata y leerlo?

—Suponía que usted no leía nunca obras antiguas, miss Flora.

—Se equivoca usted, doctor Sheppard. El molino junto al Floss me gusta muchísimo.

Me alegró oírselo decir. Lo que las jóvenes de hoy leen y declaran ser de su gusto

llega a asustarme.

—¡No me ha felicitado usted todavía, doctor Sheppard! —dijo Flora— ¿No está enterado?

Me alargó la mano izquierda. En el anular llevaba un anillo con una hermosa perla.

—Voy a casarme con Ralph —añadió—. Mi tío está muy satisfecho. Así no salgo de la familia, ¿lo comprende?

Tomé sus manos entre las mías.

—Querida, espero que sea muy dichosa.

—Hace aproximadamente un mes que estamos prometidos —continuó Flora con voz serena—, pero no se anunció el noviazgo hasta ayer. Mi tío mandará arreglar Cross-stones y nos lo cederá para vivir allí. Jugaremos a ser granjeros. En realidad, lo que haremos será cazar todo el invierno, ir a Londres para la temporada y después viajar en el yate. Adoro el mar. Además, cuidaré de los asuntos de la parroquia y asistiré a todas las reuniones de las madres de familia.

En este instante, Mrs. Ackroyd entró, excusándose por el retraso.

Siento decir que detesto a Mrs. Ackroyd. Es una mujer muy desagradable, todo dientes y huesos. Tiene los ojos pequeños, de un azul pálido y de una mirada dura como el pedernal. Por muy efusivas que sean sus palabras, sus ojos siempre permanecen fríos y calculadores.

Me acerqué a ella, dejando a Flora cerca de la ventana. Me dio a estrechar un montón de nudillos y anillos, y empezó a hablar con volubilidad.

¿Estaba enterada del noviazgo de Flora? ¡Sería un matrimonio perfecto! Los muchachos se habían enamorado a primera vista. Harían una pareja espléndida; él tan moreno y ella tan rubia.

—No sé cómo decirle, querido doctor Sheppard, la alegría que siente un corazón de madre.

Mrs. Ackroyd suspiró, tributo debido a su corazón de madre, mientras sus ojos me observaban con astucia.

—Yo me preguntaba... ¡Hace tantos años que usted es amigo de Roger! Sabemos cuánto aprecia sus opiniones. La cosa es difícil para mí en mi posición de viuda del pobre Cecil. Verá usted, estoy convencida de que Roger piensa concederle una dote a mi querida Flora, pero todos sabemos que es algo peculiar cuando se trata de dinero. Algo muy común, según he escuchado, entre los magnates de la industria. Me preguntaba, pues, si usted no tendría inconveniente en tantear el terreno. ¡Flora le aprecia tanto! ¡Le consideramos como un antiguo amigo, aunque sólo hace dos años que le conocemos!

La elocuencia de Mrs. Ackroyd quedó cortada al abrirse la puerta del salón una vez más. Acogí con placer la interrupción. Me resulta odioso intervenir en los asuntos de otras personas y no tenía la menor intención de hacer preguntas a Ackroyd sobre la dote de Flora. Un minuto más y me hubiera visto en la obligación de decírselo así a Mrs. Ackroyd.

—¿Conoce usted al comandante Blunt, doctor?

—Sí, le conozco.

Muchos son los que conocen a Héctor Blunt, cuando menos por referencias. Ha matado más fieras en países salvajes que cualquier otro hombre viviente. Cuando se

habla de él, dicen: «¡Ah! Blunt. ¿Se refiere al gran cazador, no?»

Su amistad con Ackroyd no deja de extrañarme, pues ambos hombres no tienen nada en común. Blunt tiene unos cinco años menos que Ackroyd. Se hicieron amigos durante su juventud y, aunque sus vidas tomaron rumbos distintos, la amistad perdura. Cada dos años, poco más o menos, Blunt pasa un par de semanas en Fernly Park, y una inmensa cabeza de animal, adornada de un número asombroso de astas y con una mirada que te congela cuando entras en el vestíbulo, patentiza la duradera amistad.

Blunt entró en el cuarto con su paso peculiar, ágil y decidido. Es de estatura mediana y de complexión fuerte y recia. Su rostro tiene el color de la caoba y carece de expresión. Los ojos son grises y dan la impresión de estar vigilando algo que ocurre a mucha distancia. Habla poco y de un modo entrecortado, como si las palabras saliesen de su boca contra su voluntad.

Me dijo, con el modo brusco que le es habitual, «¿Cómo está usted, Sheppard?», y se colocó frente a la chimenea, mirando por encima de nuestras cabezas, como si viera algo muy interesante, allá en Timbuctú.

—Comandante Blunt —dijo Flora—, hábleme de estos objetos africanos. Estoy segura de que los conoce todos.

Había oído decir que Blunt era enemigo de las mujeres, pero noté la rapidez con que se reunió con Flora ante la vitrina. Ambos se inclinaron sobre los objetos.

Temía que Mrs. Ackroyd volviese a hablar de dotes y me apresuré a hacer algunas observaciones sobre una nueva especie de hortensia. Tenía conocimiento de su existencia porque lo había leído en The Daily Mail aquella mañana. Mrs. Ackroyd no sabía nada de horticultura, pero era de esas mujeres que quieren parecer bien informadas de los tópicos en boga y ella también leía The Daily Mail, así que conversamos animadamente hasta que Ackroyd y su secretario se reunieron con nosotros. Parker anunció de inmediato que la comida estaba servida.

Me senté entre Mrs. Ackroyd y Flora. Blunt se encontraba al otro lado de Mrs. Ackroyd y Geoffrey Raymond junto al cazador.

La cena no fue alegre. Ackroyd estaba visiblemente preocupado y apenas si probó bocado. Mrs. Ackroyd, Raymond y yo nos encargamos de mantener animada la conversación. Flora parecía afectada por la depresión de su tío y Blunt se mostró tan taciturno como siempre.

Después de la comida, Ackroyd deslizó su brazo en mi codo y me llevó a su despacho.

—En cuanto sirvan el café, no volverán a interrumpirnos —dijo—. He dado instrucciones a Raymond para que no nos molesten.

Le miré con atención, aunque disimulándolo. Se advertía que estaba bajo la influencia de alguna fuerte excitación. Durante un minuto o dos, recorrió la habitación de arriba abajo y, al entrar Parker con la bandeja de café, se dejó caer en un sillón delante del fuego.

El despacho era una estancia confortable. Unas estanterías llenas de libros ocupaban una de las paredes. Los sillones eran grandes y tapizados de cuero azul oscuro. Un escritorio de grandes dimensiones se encontraba al lado de la ventana y estaba cubierto de papeles cuidadosamente doblados y archivados. En una mesa redonda había algunas revistas y hojas deportivas.

—El dolor se ha reproducido después de las comidas estos últimos tiempos — observó Ackroyd, de pasada, al servir el café—. Debe usted darme más tabletas de ésas.

Me dio la impresión de que pretendía dejar claro que nuestra conversación era médica y contesté en el mismo sentido:

—Lo presumía y he traído unas cuantas.

—Es usted muy amable. Démelas ahora, por favor.

—Están en mi maletín, en el vestíbulo. Voy a buscarlas.

Ackroyd me detuvo.

—No se moleste, Parker se lo traerá. ¡Traiga el maletín del doctor, Parker!

—Muy bien, señor.

Parker se retiró. Yo iba a hablar, pero Ackroyd levantó la mano.

—Todavía no. Espere. ¿No ve que estoy tan nervioso que apenas puedo contenerme? —Tras una breve pausa prosiguió—: Cerciórese de que esa ventana esté cerrada, ¿quiere?

Algo sorprendido, me levanté y me acerqué a la ventana. No era una ventana de dos hojas, sino del tipo guillotina. Las pesadas cortinas azules la tapaban, pero estaba abierta por la parte superior.

Parker volvió con mi maletín mientras yo permanecía delante de la ventana.

—Ya está cerrada —anuncié.

—¿Herméticamente?

—Sí, sí. ¿Qué le pasa, Ackroyd?

La puerta acababa de cerrarse detrás de Parker o, de lo contrario, yo no habría formulado la pregunta.

Ackroyd esperó un minuto antes de contestar.

—Estoy sufriendo como un condenado —dijo lentamente—. No busque esas dichosas tabletas. Sólo he hablado de ellas a causa de Parker. Los criados son siempre curiosos. Venga aquí y siéntese. La puerta está cerrada, ¿verdad?

—Sí. Nadie nos oirá. No se preocupe.

—Sheppard, nadie sabe lo que he soportado durante las últimas veinticuatro horas. Todo se ha derrumbado en torno mío y ese asunto de Ralph ha sido la gota que


ha hecho desbordar el vaso. Pero no hablemos de eso ahora. Es lo otro, lo otro. No sé qué hacer y debo decidirme pronto.

—¿Qué ocurre?

Ackroyd permaneció en silencio unos momentos. Parecía no saber cómo empezar. Cuando habló, su pregunta me cogió por sorpresa, pues era lo último que esperaba oír de su boca.

—Sheppard, usted cuidó a Ashley Ferrars durante su última enfermedad, ¿verdad?

—Sí.

Pareció encontrar mayor dificultad aún en formular la siguiente pregunta.

—¿No se le ocurrió nunca que le hubiesen envenenado?

Guardé silencio durante unos momentos. Decidí entonces explicar lo que sabía. Roger no es como mi hermana Caroline.

—Voy a decirle la verdad —confesé—. Entonces no tuve la menor sospecha, pero luego, en fin, lo que me dijo mi hermana me dio que pensar. Desde entonces, no he dejado de darle vueltas. Pero tenga en cuenta que no poseo pruebas. —Fue envenenado —afirmó Ackroyd con voz apagada, —¿Por quién? —pregunté inmediatamente.

—Por su esposa.

—¿Cómo lo sabe?

—Me lo dijo ella.

—¿Cuándo?

—¡Ayer! ¡Dios mío! ¡Ayer! ¡Me parece que hace diez años!

Esperé un momento y Ackroyd continuó:

—Verá usted, Sheppard, le digo esto confidencialmente. Nadie debe saberlo. Deseo su consejo. No puedo llevar este peso solo. Tal como acabo de decirle, no sé qué debo hacer.

—Puede usted contármelo todo. No estoy enterado de nada. ¿Cómo es que Mrs. Ferrars le hizo esa confesión?

—Hace tres meses, le pedí a Mrs. Ferrars que se casara conmigo. Rehusó, insistí y consintió finalmente, pero no permitió que se hiciera público el compromiso hasta haber transcurrido un año de la muerte de su esposo. Ayer fui a verla, le recordé que hacía un año y tres semanas que su esposo había muerto y que nada se oponía a que hiciéramos público el compromiso. Hacía días que me había fijado en su extraña actitud. De pronto, sin el menor aviso, me lo confesó todo, presa del mayor abatimiento. Habló de su odio hacia su brutal esposo, de su amor por mí y de la horrible solución que encontró. ¡El veneno! ¡Dios mío! ¡Fue un asesinato a sangre fría!

Vi la repulsión y el horror reflejados en el rostro de Ackroyd del mismo modo en que debió verlos Mrs. Ferrars. Ackroyd no es de esos enamorados exaltados que lo excusan todo llevados por su pasión. Es un buen ciudadano. Sus profundas convicciones morales y su respeto a la ley le apartaron sin duda de ella en el terrible momento de la revelación.

—¡Me lo confesó todo! —repitió en voz baja—. Había alguien que lo sabía también desde el principio, alguien que la chantajeaba, exigiendo importantes cantidades. Fue esa tensión la que la llevó al borde de la locura —¿Quién es ese nombre?

De pronto surgió ante mis ojos el cuadro de Ralph Patón y de Mrs. Ferrars en íntimo conciliábulo y, por un momento, sentí un ramalazo de ansiedad. ¡Y si...! ¡Pero era imposible! Recordé la franqueza del saludo de Ralph aquella misma tarde. ¡Era absurdo!

—No quiso decirme su nombre —dijo Ackroyd lentamente—. No precisó tampoco que se tratara de un hombre, pero desde luego...

—Claro —interrumpí—. Debe de haber sido un hombre. ¿Sospecha usted de alguien?

Por toda respuesta, Ackroyd lanzó un gruñido y se llevó las manos a la cabeza.

—¡No puede ser! Me vuelve loco pensar algo así. No, ni siquiera a usted le diré la disparatada sospecha que ha pasado por mi cabeza. No añadiré más que esto. Algo que ella me dijo me hizo pensar que la persona en cuestión se encuentra actualmente bajo mi techo, pero es imposible. Debo estar equivocado.

—¿Qué le contestó usted?

—¿Qué podía decirle? Comprendió, desde luego, el golpe que yo había recibido. Surgió entonces la cuestión de saber cuál era mi deber. Ella acababa de hacerme cómplice suyo de aquel crimen. Se dio cuenta de todo antes que yo, pues estaba anonadado. Me pidió veinticuatro horas de plazo, me hizo prometer que no haría nada hasta transcurridas esas horas y rehusó terminantemente darme el nombre del chantajista que la había estado desangrando. Supongo que temía que fuera a encararme con él y lo descubriera todo. Me dijo que tendría noticias suyas antes de veinticuatro horas. ¡Dios mío! Le juro, Sheppard, que nunca pensé en que pudiera suicidarse. ¡Yo la impulsé a matarse!

—¡No, no! No exagere usted las cosas. Usted no es responsable de su muerte.

—La cuestión es ¿qué voy a hacer? La pobre mujer ha muerto. ¿Por qué resucitar cosas pasadas?

—Estoy de acuerdo con usted.

—Pero queda otro asunto. ¿Cómo voy a desenmascarar al rufián que la impulsó a matarse de un modo tan inexorable como si la hubiese matado él mismo? Conocía su primer crimen y se cebó en ella como un buitre. Ella ha pagado el precio de su delito. ¿Acaso él quedará impune?

—Comprendo. Usted quiere desenmascararle. Pero no debe olvidar que eso daría publicidad al asunto.

—He pensado en ello. Le he dado mil y una vueltas.

—Estoy de acuerdo con usted en que el truhán ha de recibir un castigo, pero hay que pensar en las consecuencias.

Ackroyd se levantó y se paseó por la habitación. Al cabo de unos segundos, se dejó caer nuevamente en una silla.

—Mire usted, Sheppard, dejémoslo así. Si no sabemos nada por ella, no daremos ningún paso.

—¿Qué quiere usted decir? —pregunté con curiosidad.

—Tengo la impresión de que ha dejado un mensaje para mí antes de morir.

Meneé la cabeza.

—¿Le ha dejado una carta o algún tipo de mensaje?

—Estoy seguro de que sí, Sheppard. Y lo que es más: sospecho que, al escoger la muerte, deseó que se supiera todo, aunque sólo fuera para verse vengada del hombre que la llevó a la desesperación. Creo que, de haberla visto entonces, me hubiese dicho su nombre, encargándome que le persiguiera.

Me miró fijamente.

—¿No cree usted en los presentimientos?

—Sí, sí, desde luego. Si, como usted dice, se recibiera algo de ella...

Callé. La puerta se abrió silenciosamente y Parker entró con una bandeja, en la que había algunas cartas.

—El correo de la noche, señor —dijo acercando la bandeja a Ackroyd.

Después recogió las tazas del café y se alejó.

Mi atención, alejada por un momento de Ackroyd, volvió a concentrase en él. Miraba como hipnotizado un sobre azul largo y estrecho. Había dejado caer las otras cartas al suelo.

—Su letra —dijo en un murmullo—. Debió de salir y echarla al correo anoche, antes... antes...

Abrió el sobre y sacó de éste una hoja de papel grueso. Levantó la vista rápidamente.

—¿Está seguro de haber cerrado la ventana?

—Segurísimo —dije sorprendido—. ¿Por qué?

—He tenido toda la noche la extraña sensación de que me vigilaban, de que me espiaban. ¿Qué es eso?

Se volvió bruscamente y le imité. A ambos nos había parecido oír un leve ruido en la puerta, como si alguien moviera el pomo. Me puse en pie y abrí la puerta. No había nadie.

—Son los nervios —murmuró Ackroyd.

Desdobló la hoja de papel y leyó en voz baja:

«Mi amado, mi bien amado Roger: Una vida exige otra, lo comprendo, lo he leído en tu cara esta tarde y estoy tomando el único camino que me queda. Te dejo el encargo de castigar a la persona que ha hecho un infierno de mi vida durante el último año. No he querido decirte antes su nombre, pero pienso escribírtelo ahora. No tengo hijos ni parientes en qué pensar y no temo la publicidad. Si puedes, Roger, querido Roger, perdóname el mal que te quise hacer, puesto que al llegar la hora, no me vi con ánimo para realizar...»

Ackroyd, con el dedo puesto para doblar la página, se detuvo.

—Perdóneme, Sheppard —dijo con voz temblorosa—, pero debo leer esto a solas.

Lo escribió para mí personalmente.

Guardó la carta en el sobre y lo dejó en la mesa.

—Más tarde, cuando esté solo...

—No —grité impulsivamente—. Léala ahora.

Ackroyd me miró con sorpresa.

—Dispénseme —dije, enrojeciendo—. No quise decir que la leyera en voz alta, pero léala mientras estoy aquí.

Ackroyd meneó la cabeza.

—Prefiero esperar.

Algún motivo oculto me obligó a insistir.

—Cuando menos, lea el nombre del culpable.

Pero Ackroyd es tozudo. Cuanto más se le insiste para que haga una cosa, menos dispuesto está a dejarse convencer. Todos mis argumentos fueron en vano.

Habían entrado el correo a las nueve menos veinte. A las nueve menos diez, le dejé con la carta por leer. Vacilé con la mano en el picaporte, mirando hacia atrás y preguntándome si olvidaba algo. No recordé nada. Meneando la cabeza, salí y cerré la puerta.

Me sobresalté al ver a Parker a mi lado. Parecía cohibido y se me ocurrió que tal vez había estado escuchando detrás de la puerta. Aquel hombre tenía un rostro ancho y grasiento, en el cual brillaban unos ojillos de mirada viva.

—Mr. Ackroyd desea que no se le moleste —dije fríamente—. Me ha encargado que se lo dijera.

—Muy bien, señor. Creí haber oído el timbre.

Era una mentira tan burda, que no me tomé la molestia de contestarle. En el vestíbulo, Parker me ayudó a ponerme el abrigo y salí a la calle. La luna se había escondido. La oscuridad era total y reinaba el más profundo silencio.

En el reloj del campanario de la iglesia daban las nueve cuando traspasé la verja de la mansión. Me encaminé a la izquierda, hacia el pueblo, y casi tropiezo con un individuo que se acercaba en la dirección opuesta.

—¿Es éste el camino de Fernly Park, caballero? —preguntó el desconocido con voz ronca.

Le miré. Llevaba un sombrero caído sobre los ojos y el cuello de la americana vuelto hacia arriba. No veía sus facciones, pero parecía ser joven. Su voz era áspera y vulgar.

—Aquí está la entrada —dije.

—Gracias, señor. —Vaciló y después, sin venir a cuento, añadió—: Soy forastero, ¿sabe usted?

Se alejó y le vi cruzar la verja cuando le seguí con la mirada.

Lo más curioso fue que su voz me recordó a la de alguien conocido, pero sin que pudiera precisar quién. Diez minutos después llegaba a casa. Caroline estaba muerta de curiosidad por saber el motivo de mi regreso anticipado. Inventé un relato apropiado de los acontecimientos de la velada con el fin de satisfacer su curiosidad, pero tuve la desagradable impresión de que se daba cuenta del engaño.

A las diez me levanté, bostecé y hablé de irme a la cama. Caroline declaró que haría otro tanto.

Era viernes por la noche y los viernes doy cuerda a los relojes de la casa. Lo hice como de costumbre mientras Caroline se cercioraba de que las criadas habían cerrado las puertas.

Eran las diez y cuarto cuando subimos la escalera. Ya casi estaba en el piso superior cuando el teléfono sonó abajo en el vestíbulo.

—Mrs. Bates —dijo Caroline.

—Lo suponía —contesté desconsolado.

Corrí escaleras abajo y atendí la llamada.

—¿Qué? ¡Qué! Desde luego. Voy enseguida.

Subí corriendo a mi cuarto, recogí mi maletín y puse unos cuantos vendajes suplementarios en el interior.

—Parker ha telefoneado —le grité a Caroline—. Desde Fernly Park. Acaban de encontrar asesinado a Roger Ackroyd.